Tal vez es porque tu cuerpo me retiene o porque tu voz me susurra dulzuras sin palabras, o tal vez porque recuerdo el caer de tus lágrimas y me imagino momentos con tiempos perfectos en los que sin dudar me amabas.
Estuve pensando en las cosas, en lo bueno y en lo malo. En las cosas. Y te extraño. No lo aguanto y te extraño. Fin.
Te has robado mis sonrisas, y eres dueño de mis risas.
Te he soñado en pesadillas y me has hecho pasar las mejores alegrías.
Te he pensado por la noche y por el día bañándome de gran melancolía.
Te he sentido cerca y te he sentido lejos. Te he querido cerca y te he querido lejos.
Te he llorado más que a nadie sin importar lo que diga o lo que calle.
Te he defendido ante todos, ante mi orgullo sobre todo.
Te he perdonado como a muchos, pero me ha costado como a pocos.
Me he disculpado como con muchos, y lo he pagado como con pocos.
Te he procurado más que a mi vida, te he anhelado más cada día.
Te he dedicado pensamientos, letras y versos, también canciones y muchos besos.
Te… te… te he amado. Te he vivido y no pienso guardarte en el olvido.
Te he sufrido, te he extrañado. Tanto.
Te pienso y te quiero en mi cama, al menos quisiera escucharte cada mañana.
Pero son tantas cosas que ya no puedo, que ya no vivo, que ya no pienso, que ya no quiero.
Son tantas cosas que mi sentimentalismo, tan confiable, no se me separa y se ha encargado de acompañarme, cada vez que te recuerdo, con al menos una lágrima.